JAMES DEAN Y PIER ANGELI


El 25 de noviembre de 1954 fue un día que dejó marcas, al menos, para dos personas. Una de ellas, era una chica italiana que, como su hermana gemela, había decidido hacerse actriz y soñaba con llegar a Hollywood. La chica, cuando era una adolescente, filmó en su país dos películas que la hicieron famosa. Tan famosa como para ser llevada a Hollywood y cumplir su sueño. Todo el mundo conocía a Pier Angeli, la chica para la que ese día era importante. No era para menos. Estaba en la iglesia y era el día de su casamiento. Se casaba con el cantante Vic Damone.
La otra persona para la que ese día era especial, estaba afuera de la iglesia, sentado bajo la lluvia. Era un chico miope y desaliñado, de poco más de veinte años, y parecía esperar que ocurriera alguna cosa. Había sido el novio de Pier Angeli hasta que la madre de ella usó todos los recursos y consiguió separarlos. No le gustaba para su hija. Ella merecía algo mejor. Vic Damone estaba bien, era un cantante bastante conocido, hijo de italianos y católico. Mucho más apropiado como marido que ese chico bastante raro, también actor, pero poco conocido. El chico había acabado de filmar Al este del Edén, haciendo su primer papel protagónico, pero la película no se estrenaría hasta marzo del año siguiente. Faltaban unos meses para que comenzara a convertirse en uno de los actores más famosos del mundo y en uno de los mitos del cine. Mientras tanto, ese día de noviembre, James Dean esperaba alguna cosa, sentado bajo la lluvia, enfrente de la iglesia en la que se casaba Pier Angeli.


Si algo tienen en común James y Pier Angeli es el modo vertiginoso en que viven la vida.
Cuando comienzan a ser novios tienen 23 años, él y 22 años, ella. Todo lo hacen con intensidad y con la pasión de los que parecen creer que no van a llegar a viejos. O no quisieran llegar a serlo. Se los veía unidos y contentos, yendo a fiestas, caminando por las calles, o andando en autos que James manejaba a gran velocidad. Nadie tenía dudas de que esos dos formaban una pareja muy especial. Sin embargo, no estaban destinados a estar juntos sino unos pocos meses. Los suficientes como para dejar una huella imborrable en cada uno de ellos. La madre de Pier Angeli, que, de verdad, tenía influencia sobre ella, la separó de él. No le gustaba ese chico para su hija, la estrella. ¿Cómo iba a estar junto a alguien que no se preocupaba por su ropa, que había días en que no se afeitaba, que andaba en autos apretando a fondo el pedal acelerador, que no era católico, y que andaba con mujeres y, según se comentaba, también con hombres? En definitiva, Pier Angeli no era más que una chica italiana de Cagliari que buscaba un marido que la quisiera y le diera hijos. Le hizo caso a su mamá y, con la misma rapidez con la que hacía todo, en el mismo año en que rompió su noviazgo con James, se casó con Vic Damone, el cantante.


A los nueve años, James perdió a su madre. Ella murió de cáncer y el niño se quedó sin la única persona que lo hacía sentir querido y comprendido. Su padre, un técnico dental, era uno de esos tipos que no pueden hacerse cargo de sus hijos, así que mandó a James con su hermana. 
El matrimonio de Ortense y Marcus Winslow vivía en una granja de Fairmount, un pueblo de  Indiana. Eran cuáqueros y, como buenos fieles, seguían al pie de la letra los consejos del reverendo James DeWeerd, que estaba al frente de la comunidad cuáquera. El pastor se interesó en James. Pasó mucho tiempo con el chico y, seguramente, le vio condiciones para algunas cosas que se le ocurrieron. Así fue que le inculcó el interés por el arte y en otros asuntos de la vida. Como buen pastor, supo ser un buen guía. Siempre se mantuvo muy cerca del niño. Tan cerca como para abusar sexualmente de él y causarle un trauma por el resto de su vida.


Cuando pudo irse, James se fue a Los Ángeles. Tenía dieciocho años y quería ser actor. Estuvo en la universidad y viajó a Nueva York para estudiar en el Actor´s Studio. Tomó como modelo de actuación a Marlon Brando, a quien le copiaría el modo de hablar, los gestos y hasta los tics, pero, como le dijo el mismo Brando a Truman Capote, nadie parecía darse cuenta. 
Después de algunos papeles insignificantes en cine y alguna actuación algo destacada en teatro, Elia Kazan lo eligió para el papel de Cal Trask, en  Al este del Edén, basada en la novela de John Steinbeck.
Kazan, justamente, había dirigido a Brando en Nido de ratas, y era tan bueno en el trabajo como tan canalla como delator y calumniador de sus amigos comunistas, durante la caza de brujas del maccartismo. 
Kazan, de la misma forma en que lo había hecho con Brando, hizo que James diera lo mejor de sí en Al este del Edén y tuviera una actuación memorable. A la vez, y a pesar de ser un hombre casado y conocerse varias de sus relaciones con mujeres, se comentaba la homosexualidad de Kazan. Un paso más y se llegaba a que Brando y James habían conseguido los papeles principales por acostarse con él. Incluso, Paul Newman y Brando se enemistaron el resto de sus vidas por esa razón. El papel del fracasado boxeador Terry Malloy, de Nido de ratas, había sido dado a New-man y que Kazan se lo quitara para dárselo a Marlon solamente podía tener una explicación: que se lo había ganado en la cama. El propio Paul, que había quedado muy resentido, se encargaba de afirmarlo.
Claro, aunque pudiera haber algo de cierto, mucho tenían que ver el odio y la envidia. Por el lado de Brando, gente como Newman parecía pasar por alto que ya se lo consideraba el mejor actor de Hollywood por sus actuaciones en Un tranvía llamado deseo, Viva Zapata y Salvaje y que por los tres papeles había sido nominado al Oscar.
Por el lado de Kazan,  todo estaba muy relacionado con el odio que había despertado en gran parte de los actores estadounidenses al haber arruinado la vida de varios de los que habían sido sus amigos. Ser comunista o simpatizante del comunismo en los Estados Unidos en época de la caza de brujas, comandada por el inquisidor republicano senador McCarthy, significaba perder el trabajo y ser tratado de antipatriota. No era algo menor. Por el contrario, era demasiado grave. Muchos tuvieron que dedicarse a vender aspiradoras o a firmar guiones con el nombre de otro para ganarse la vida. Kazan había hundido la carrera de unos cuantos con el sólo objetivo de salvarse él. Logró quedar libre de sospechas pero no pudo evitar que el barro le llegara hasta el cuello.
Por otra parte, para un actor con pretensiones de ser apreciado por las mujeres, resultaba lapidario que se conociera su homosexualidad. Los estudios se encargaban de hacer todo lo que se pudiera para evitar que se supiera la vida íntima de unos tipos que tenían todo el derecho de hacer lo que quisieran, mientras no perjudicaran a nadie, pero que no podían hacerlo libremente con lo que, en realidad, no tenían derecho alguno. 
En fin, la relación con Elia Kazan hizo que, de ahí en adelante, la homosexualidad de James se insinuara toda vez que se pudo. No parecía convencer a nadie que se le viera paseando con muchas mujeres bonitas cuando se radicó en Hollywood. 
El público veía romances mientras los que conocían la industria veían farsas organizadas por los estudios. Pero, es cierto que algunas de esas farsas terminaron siendo verdaderas historias de amor.


Ana María Pierangeli era italiana y, desde niña, quería ser actriz. Como su hermana gemela, María Luisa, que se hizo llamar  Marisa Pavan. La madre de las gemelas estaba todo el tiempo junto a ellas, siguiendo paso a paso sus carreras y llevándolas a cuanta prueba cinematográfica había. Finalmente, su interés en el destino de sus hijas, tuvo éxito y Ana María, a los dieciséis años, consiguió un buen papel en Mañana será tarde, junto a Vittorio de Sica. La película fue un éxito mundial y, de la noche a la mañana, todos conocían a Ana María.  Al año siguiente, en 1950, filma Mañana será otro día, que se convierte en su pasaporte a Hollywood. Le cambian el nombre sin demasiado esfuerzo de imaginación y, partiendo su apellido, la llaman Pier Angeli. 
Filma una media docena de películas, se hace más famosa todavía, fabrican muñecas con su nombre, tiene un romance con Kirk Douglas, con el que había trabajado en Tres amores, y, en los primeros meses de 1954, conoce a James Dean.
 

James, en un año y medio, filma tres películas: Al este del Edén, Rebelde sin causa y Gigante. Le alcanza para ser dos veces nominado al Oscar e ingresar en el selecto grupo de los mitos del cine de Hollywood. 
En 1955, está filmando Gigante, con Rock Hudson y Elizabeth Taylor, y el 30 de septiembre sale al camino con su Porsche. James corre carreras de automóviles, su otra pasión. Va hacia Salinas a participar en una. 
Por alguna razón, hace un par de cosas que no encajan de-masiado. Una ocurre la noche anterior, cuando le regala su gato a Elizabeth Taylor, diciéndole que tiene miedo que le suceda algo, como si hubiera tenido un presentimiento o hubiese tomado una decisión. La segunda: no lleva el coche enganchado en un remolque sino que decide conducirlo, lo que no es habitual cuando se lleva un auto de carrera a una pista de competición. Los dos actos sirven para hacer creer que había decidido suicidarse. Fue lo que muchos dijeron. Sin embargo, no hubiera sido muy correcto de su parte decidir el suicidio estando acompañado por su amigo y mecánico, Bill Hickman, que iba a su lado. 
Un estudiante manejaba un Ford. Iba en sentido contrario al de James y su Porsche. Chocaron de frente. Bill salió despedido y cayó en la banquina, con la mandíbula y la pierna rota, y siguió vivo para 
Después de su muerte, un doble lo sustituye en las escenas finales de Gigante y corren los comentarios sobre su romance con Elizabeth Taylor. Las revistas de espectáculos sugieren que pudo tratarse de un suicidio por amor. Algo que agrada al público y mantiene intacta la virilidad de James. Otros, que conocen de cerca la intimidad de los estudios, no tienen dudas que el romance ha sido con Rock Hudson, que, después del accidente y el fin del rodaje, cae en una profunda depresión durante meses. 
Rock, casi treinta años después, será lo suficientemente valiente como para convertirse en el primer hombre famoso en declarar públicamente estar enfermo de la peste rosa , como se le llamaba al sida en los años ochenta, en obvia alusión a la homosexualidad. 
Cuando Gigante se estrena, en muchos de los cines, el público de jóvenes hace detener la proyección y retroceder el film hasta las escenas en las que aparece James. Desde la pantalla, él, de alguna manera, es el representante de una generación que, para mejor o peor, están cambiando la formalidad del mundo con el rock, la forma de vestir, la libertad sexual, la marihuana.


Pier Angeli, entre tanto, sigue con su vida. Se divorcia del cantante cuatro años después de haberse casado y de haber tenido un hijo.
Ella y su carrera de actriz van en un tobogán, directo a dar con el traste contra el piso.
Vuelve a Italia, filma unas películas mediocres; se casa por segunda vez, en 1963, con el compositor Trovaioli, tiene otro hijo, se separa en 1966, aunque el divorcio legal se produce tres años después. Queda poco de lo que era.
Mientras James Dean fue un símbolo de la rebeldía y de una parte de la juventud de la posguerra, que se sentía incom-prendida, Pier Angeli personificó la inocencia, una de esas chicas virtuosas a las que uno imagina llegando virgen al matrimonio.
Pertenecían a castas diferentes.
Por alguna razón, el destino los juntó durante un tiempo corto. Pero lo bastante intenso como para dejar una huella en la historia de los romances del siglo 20.
James se mató a los veinticuatro años.
Pier Angeli, a los treinta y nueve.
Se suicidó con barbitúricos. Dejó una nota.
No había demasiadas palabras.
Apenas las necesarias para decir que James Dean había sido el gran amor de su vida.
Ella y su carrera de actriz van en un tobogán, directo a dar con el traste contra el piso.
Vuelve a Italia, filma unas películas mediocres; se casa por segunda vez, en 1963, con el compositor Trovaioli, tiene otro hijo, se separa en 1966, aunque el divorcio legal se produce tres años después. Queda poco de lo que era.
Mientras James Dean fue un símbolo de la rebeldía y de una parte de la juventud de la posguerra, que se sentía incomprendida, Pier Angeli personificó la inocencia, una de esas chicas virtuosas a las que uno imagina llegando virgen al matrimonio.
Pertenecían a castas diferentes.
Por alguna razón, el destino los juntó durante un tiempo corto. Pero lo bastante intenso como para dejar una huella en la historia de los romances del siglo 20.
James se mató a los veinticuatro años.
Pier Angeli, a los treinta y nueve.
Se suicidó con barbitúricos. Dejó una nota.
No había demasiadas palabras.
Apenas las necesarias para decir que James Dean había sido el gran amor de su vida.


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